EL CUENTO DE LA INAUGURACIÓN
Erase una vez, en el Reino de la Fantasía y de la Ilusión, un mago que, con solo mover unas cuantas croquetas y algunas botellas de vino, era capaz de transformar enormes explanadas hormigonadas en aeropuertos llenos de pasajeros a la espera de un vuelo que los llevara a la tierra de Nunca Jamás.
Era tan bueno aquel Merlin de las tierras del Sur que, con unas palabras de su señor, recordando que los antiguos romanos y fenicios fueron incapaces de atraer aviones a aquellas tierras, era capaz de hipnotizar a sus súbditos. Y estos, llenos de algarabía y alegría rompían a aplaudir hasta que los dedos parecían morcillas y de las palmas de las manos surgían callos.
Ante la falta de aquellos pájaros de hierro que surcaran los aires, el mago Fabrín invitó a todos los súbditos de menor condición a visitar tan enorme explanada, para disfrutar de ella. Eso sí, sin croquetas ni vino, porque no estaban los tiempos para dispendios y derroches. Y la gente fue. Y paseaba arriba y abajo. Los niños corrían con los brazos abiertos mientras hacían el ruido de los motores con los labios, esperando coger el vuelo. Otros más mayorcitos, intentaban volar sus “caxirulos” mientras cogían carrera por la pista de vuelo, no sin cierto miedo a que un Jumbo, de repente, aterrizara y los atropellara. Los más mayores buscaban la sombra de lo que algún día sería una torre de control llena de controladores aéreos, bomberos y servicios de seguridad.
El mago tenía medidos los efectos de la pócima mágica. Esta duraría aproximadamente durante dos meses. Y aquellos que estuvieran bajo su influjo obedecerían sus órdenes sin rechistar.
Moraleja: Ver donde no hay es magia. Y si, además, te lo crees…puede ser un milagro.
Y que razon tienes con la moraleja, ademas casa mucho con todo lo que pienso yo,ya que soy de los que no creen hasta que no ven.
Publicado por: Bolsa | 17/04/11 en 16:00